Para dar inicio al despliegue de esta profunda y poderosa idea, me permito transcribir un texto que leí recientemente. No creo posible que una idea pueda plasmarse en papel de una manera más maravillosa que esta:

“Cuando el amanecer de la inteligencia haya extendido sus alas sobre el horizonte oriental del progreso, y la ignorancia y la superstición hayan dejado sus últimas huellas en las arenas del tiempo, quedará registrado en el libro de los crímenes y errores del hombre que su picado más grave fue el de la intolerancia.
La intolerancia más implacable surge de las diferencias de opiniones raciales y religiosas, como resultado de una formación en la más temprana infancia. ¿Cuánto tiempo ha de pasar, ay, señor de los destinos humanos, hasta que nosotros, pobres mortales, comprendamos la locura de intentar destruirnos unos a otros por causa de dogmas, credos, y otros asuntos superficiales en los que no estamos de acuerdo? El tiempo del que disponemos en la tierra es, en el mejor de los casos, ¡un breve instante!

Como una vela, se nos enciende, brillamos durante unos momentos, ¡y luego nos apagamos! ¿Por qué no podemos vivir durante esta breve estadía en la tierra de manera tal que cuando la gran caravana llamada muerte se acerca y anuncie que la visita está a punto de acabar, estemos preparados para plegar nuestras tiendas y, como los árabes del desierto, seguirla silenciosamente hasta las tinieblas de lo desconocido sin miedo y sin temblar?

Cuando haya cruzado al otro lado, espero no encontrar ni judios ni gentiles, ni católicos ni protestantes, ni alemanes ni ingleses, ni franceses ni rusos, ni blancos ni negros, ni rojos ni amarillos.
Espero encontrar únicamente almas humanas, todos hermanos y hermanas que no estén marcados por la raza, el credo o el color, pues quiero haber acabado con la intolerancia, para poder tenderme y descansar durante uno o dos eones, sin ser molestado por la lucha, la ignorancia, la superstición, y los pequeños malentendidos que manchan esta existencia terrenal con caos y dolor.”

Página 709-710 Las Leyes del Éxito, Napoleon Hill.

Uno de los más dañinos hábitos a nivel social que hemos recibido por herencia, es el hábito de priorizar nuestros intereses a un nivel emocional tan profundo que estamos dispuestos a atacar física, mental, y emocionalmente a las personas que piensan diferente. Con tantas religiones, credos, y razas, la diversidad de pensamiento es evidente, y también es parte de la libertad que poseemos como seres humanos. Nos olvidamos que en nuestra alma todos, absolutamente todos, somos iguales.

No solo estamos dispuestos a ejercer la violencia hacia los demás (en cualquiera de sus formas), sino que también estamos dispuestos a ejercerla contra nosotros mismos. Estamos dispuestos a alentar un parloteo intenso en nuestra propia mente que enuncie todas las ideas que deberían ser adoptadas por los demás, mientras hacemos esto no estamos perjudicando a nadie, más que a nosotros mismos. Nos cargamos de prejuicios y reducimos el campo de posibilidades infinitas que es el presente, a unas muy escasas opciones, que son las opiniones que ya poseemos.

¡Mi intención es hacer absolutamente lo contrario! y me gustaría transmitirle a la persona que lea estas palabras: usted puede hacer lo mismo. Nuestra tarea individual debería orientarse, sanamente, a formar un mundo mejor. Puedo comentarle por experiencia propia, y por numerosas historias reconocidas, que el hombre encuentra el sentido más pleno de su felicidad y realización, cuando dedica sus pensamientos y deseos a hacer mejor la vida de sus semejantes. Para los que estén en busca de riquezas, este consejo podría serles de utilidad: las riquezas provienen de la combinación del talento, con la voluntad de dar un servicio útil a la humanidad. Si sigue este camino, y su deseo más profundo es dar un buen servicio, se encontrará no sólo con riquezas materiales, sino también con una profunda y poderosa sensación de realización.

Podemos elegir conscientemente comenzar a cambiar la herencia social, o ideas, que recibirán las próximas generaciones. Podemos hacerlo bien, podemos elegir ser amables. ¿Cómo?

Ha sido durante mucho tiempo mi axioma que las pequeñas cosas, son infinitamente lo más importante.

– Arthur Conan Doyle 

Lo que hoy es la norma a nivel social, se estableció primero en la mente de unas pocas personas, y se fue expandiendo entre las demás. Estoy consciente de que hay excepciones a esta norma, que pueden basarse en determinadas familias con un elevado alto de resistencia mental y emocional a su entorno, y una gran armonía entre los miembros, que permite que la simple idea de la amabilidad sea un valor a través del cual se desprenden sus acciones. Podría bastar con que solo un miembro de la familia se dejara influir por el entorno para destruir esta armonía, y avanzar hacia la gran masa de la violencia que se desprende por la intolerancia.

Teniendo en cuenta este ejemplo, podemos ver lo frágil que pueden ser las nuevas ideas ante los juiciosos ojos de nuestros prejuicios. Una nueva idea es una pequeña semilla que plantamos, debemos cuidarla con dedicación y protegerla de los violentos vientos y los incesantes cambios de la naturaleza, hasta que está crezca con la suficiente fuerza para hacerse valer por sí sola. Cuando el tiempo de siembra haya pasado, podremos cosechar un rasgo de carácter digno de un buen corazón. ¿Qué mejor regalo podemos esperar?

La semilla de la intolerancia es sembrada por los padres en los hijos, a través de sus acciones. La esencia del liderazgo para un padre: los hijos ven todo lo que hace, todo el tiempo. ¿Qué carácter está formando en su indefenso hijo, que no tiene aún la habilidad para discriminar entre las buenas y las malas ideas? Un simple gracias a la persona que le abre la puerta, quedará grabado en la mente y el corazón de su pequeño, que años más tarde cosechará la semilla que usted plantó, realizando la misma acción digna de un buen corazón, que usted un día realizó.

¡La intolerancia puede erradicarse mediante la repetición forzada de actos tolerantes! No es un rasgo del carácter fijo, ni siquiera está cerca de serlo. Aquella persona que declara abiertamente ser intolerante, es una persona que se ha aceptado dicha limitación. Ha claudicado en la búsqueda de ser más.

Por último, el sentido de este artículo es invitar a todos los lectores a practicar la maravillosa virtud de la tolerancia. Si usted empieza a hacer el cambio con las personas que lo rodean, y otra persona lo hace, y otro más, pronto nos encontraremos en un mundo mucho más saludable física, mental, y emocionalmente. La próxima generación se lo agradecerá. Esto sin mencionar el aumento en la calidad de sus pensamientos, y por lo tanto, de su vida.

¡Muchas gracias por su tiempo!

 

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